Y Dios dijo: Él sí que entendió de que se trata vivir

Quiero que el día que muera, Dios me diga:
“Él sí que entendió de qué se trata vivir.”

Quiero que, en mi encuentro con Dios, Él pueda ver que todo lo que hice fue por amor: amor a mi esposa, a mis hijos, y al otro, con quien me encontraba en las tareas diarias. Que ser feliz no fue por lo que yo gané, sino por lo que ganamos todos. Que lo único que acumulé fueron buenas acciones realizadas con buenas intenciones. Ojalá pueda decir eso.

Estoy seguro de que no diré: "Hice todo lo que los demás querían." Vivir para otros, en ese sentido, no es el propósito de la vida. Muchas veces, la fragilidad humana nos lleva primero a desear que otros hagan lo que creemos necesitar (esperar que nos quieran) y, segundo, a hacer lo que otros quieren para sentirnos valorados (hacer para que nos quieran). Pero yo soy libre. Me siento libre. Y aunque fallo muchas veces, dejo asuntos sin atender, me canso, me equivoco, siempre elijo. Y, en esas elecciones, la vida me ha mostrado que lo mejor suele ser un instante: sin retribuciones, sin valoraciones, sabiendo que lo hice por amor.

Vivir la vida es como la historia del buen samaritano: caminar y encontrarse con quien necesita ayuda. Estamos en este mundo para salvar a nuestros samaritanos, y por eso debemos estar atentos. A veces elegimos no ayudar porque creemos que estamos destinados a cosas "más importantes" (como los sacerdotes del camino) y pasamos de largo. ¡Cuántas veces me ha pasado! Otras, somos nosotros los samaritanos tirados en el camino, golpeados por la vida y las circunstancias, necesitando ayuda. Pero la esencia de la historia es clara: uno va caminando y encuentra a alguien que lo necesita, no siempre en situaciones extremas.

La vida tiene etapas, y cada una tiene su misión y sus necesitados (o nuestros propios momentos de necesidad). Es ahí donde me pregunto si la vida puede reducirse a tener: ¿Es solo un trabajo? ¿Una familia? ¿Una espera constante por fin de mes o por las vacaciones merecidas? No, vivir no es simplemente cumplir con lo que otros dicen. Vivir es encontrar el sentido en el trabajo, en la familia, en la vida misma.

¿Qué pasaría si encontráramos sentido?

Seríamos esposos y esposas conscientes de nuestro rol, de la importancia de estar para el otro, de la fidelidad, de la presencia, de la intimidad. ¿Dónde quedarían entonces el maltrato, la infidelidad, la pornografía, la tiranía de la moda y de la belleza superficial? Seríamos padres y madres conscientes de nuestra responsabilidad: no de preparar un mundo para nuestros hijos, sino de prepararlos a ellos para un mundo en constante cambio. Una vida que, aunque frustrante en ocasiones, es maravillosa, llena de posibilidades y con una pregunta esencial: ¿Dónde quiero dar mi vida y mi amor?

El sentido no está en tener un trabajo, sino en el desafío de trabajar con propósito, de que lo que hacemos sirva a alguien más.
El sentido no está en tener pareja e hijos, sino en vivir con otros y para otros, en un encuentro cotidiano, esforzándonos por enseñar, aprender y crecer juntos.

Ojalá, al final de mi camino, Dios pueda decirme:
“Él sí que entendió de qué se trata vivir.”


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