El hombre que podía elegir
Había una vez un hombre con un superpoder extraordinario: podía
decidir. A simple vista, parecía imposible. Después de todo, ¿cómo puede
alguien decidir en un mundo lleno de límites? Límites sociales, culturales,
económicos, físicos, incluso los que nos imponen nuestras emociones,
pensamientos o el inconsciente. Todo parecía conspirar para convertir al ser
humano en un ser completamente determinado.
Pero él era distinto. Tenía el don de decidir más allá de
cualquier límite. Quienes lo conocían, lo miraban con asombro… y con dudas.
Algunos le decían:
—¡Elige ser famoso!
—No, todavía no —respondía con una calma que desconcertaba.
—¡Elige ser rico!
—No, todavía no —repetía con una sonrisa enigmática.
—¡Elige ser el mejor!
—No, todavía no.
Su respuesta parecía un misterio para todos. Hasta que, un
día, alguien no aguantó más y le preguntó:
—Entonces, ¿qué es lo que eliges?
Él, con voz firme, dijo:
—Elijo empezar a conocerme.
Esa decisión dejó a todos atónitos. Mientras los demás
soñaban con riquezas, éxito y poder, él había elegido algo que pocos valoraban:
conocerse a sí mismo. Se marchó a la montaña, lejos de celulares, redes
sociales y pantallas, y dedicó su tiempo a escuchar su propia voz, a escribir
sobre lo que descubría. Cuando regresó, algo en él había cambiado. Tenía un
aura de libertad que iluminaba todo a su paso.
De pie frente al mundo, proclamó:
—Elijo aceptarme.
La gente esperaba que dijera algo grande, algo que todos
perseguían: ser rico, el mejor, el más feliz. Pero no. Su decisión era simple,
y al mismo tiempo, monumental:
—Elijo aceptarme tal como soy.
Esa confesión sembró admiración y envidia. Todos querían lo
que él tenía, pero pocos entendían lo que significaba. La sociedad, siempre
impaciente, lo presionaba:
—¿Cuándo vas a decidir ser alguien grande? ¿Cuándo elegirás tener más?
Él, sin perder la calma, les devolvió la pregunta:
—¿Ustedes se conocen a sí mismos?
El silencio fue ensordecedor. Finalmente, alguien contestó:
—No, todavía no. Nosotros soñamos a lo grande: queremos dinero, viajes, autos
nuevos, queremos ser como los que viven bien. Queremos más títulos, más
inteligencia, más felicidad… pero conocernos, eso no.
La sociedad estaba atrapada en una carrera sin rumbo,
deseando cosas sin comprender el costo, sin reconocer sus propios límites ni su
unicidad. En ese caos, lo miraban a él como si fuera un ser de otro planeta. Lo
admiraban y, al mismo tiempo, no sabían qué hacer con él. Hasta que un día,
dijo:
—Ahora elijo ayudar a otros. Para eso, voy a estudiar y convertirme en
profesional de la salud mental.
Cumplió su promesa. Estudió, trabajó, ayudó a muchas
personas, y parecía invencible. Pero la vida, siempre impredecible, lo puso a
prueba. Un día, sufrió un accidente automovilístico. Las secuelas fueron
devastadoras: quedó cuadripléjico, solo podía mover la cabeza y hablar.
—¡Se acabó! —gritaban las voces. —Ya no puedes elegir. Tu
poder era un engaño.
Pero él, con la misma serenidad de siempre, respondió:
—Elijo. Elijo conocerme otra vez, este nuevo yo.
—Elijo. Elijo aceptar mi nueva realidad.
—Elijo. Elijo seguir ayudando desde mi silla de ruedas.
La incredulidad de los demás se transformó en ira.
—¡Deja de mentirnos! No eres rico, no eres el mejor. ¿Por qué te crees libre?
Y él, con una sonrisa tranquila, respondió por última vez:
—Ser libre no es hacer lo que quiero. Ser libre es tomar lo que soy, con
todos mis límites y posibilidades, y sacarle el mayor provecho, para mí y para
los demás. Soy libre porque elijo lo que tengo para dar lo que soy.
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