¿Se han dado cuenta de qué pasa cuando el mundo va más lento?
Vivo al palo, rápido, acelerado. No sé qué hago, pero hago, y mucho. Si me detengo, el mundo se vuelve extraño para mí.
¿Ustedes también viven así? Hacen mucho, rápido, sin saber
qué. El paisaje es hermoso, violento, de luces coloridas. Al principio me
mareaba, sentía náuseas, mi cabeza no podía procesar todo lo que veía, todo lo…
rápido. Luego me acostumbré.
Dostoievski dice que el hombre se acostumbra a todo.
Me acostumbré.
Tengo la costumbre de mirar sin observar, de ver de pasada.
Los rostros se multiplican y se amalgaman en facciones inexistentes, en una
mezcla de todo. Me siento arrollado, satisfecho. Es la costumbre. Lo que veo no
existe, pero es divertido, entretenido, placentero. Es como vivir en una
montaña rusa, anestesiado por la adrenalina.
Las cosas son pasajeras. No guardo más que la experiencia
del viaje: la sensación inquietante de que nada es eterno, salvo yo. Las
personas también son pasajeras, solo un momento. No hay tiempo para detenerse a
saber más del otro.
¿Ustedes también viven así?
¿Y qué pasa cuando el mundo se vuelve más lento?
Todo se complica.
El tiempo hace que las personas tengan rostros reales. Y eso
me compromete. Me devuelven miradas vivas, profundas, que me cohíben. Hay menos
movimientos y más palabras. Entre palabras y miradas, la angustia.
Lo lento obliga a uno a degustar. El silencio se prolonga y
hace los espacios más abiertos. No es como el ruido que arrulla. El silencio
lento invita a pensar. Surgen las preguntas de herencia filosófica, difíciles
de contestar y que, por eso, llaman al miedo:
¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?
Responder es todo o nada.
Lo lento es siempre proceso; lo efímero, resultados. El
proceso me devuelve lo que no pocos pueden responder: reconocer que yo soy
responsable.
Dentro del proceso veo que puedo elegir. ¡Entonces soy
libre! En la velocidad no tengo tiempo de elegir, me subo al tren colectivo: lo
que todos hacen y lo que unos pocos piden. Soy parte de la masa. No quiero ser
yo ni tener que aceptar que soy esto.
No me gusta ir lento porque aprendo consecuencias. Descubro
que mi libertad me hace responsable.
¿Qué estoy haciendo?
Soy consciente.
Me aburro.
En la lentitud me doy cuenta de que respiro. ¡No tengo
tiempo para ver mi respiración! Menos aún para sentirla. Hay poco placer y
mucho devenir. La velocidad es inconsciente, irresponsable. En la ansiedad no
necesito saber quién soy.
Algunas cosas se disfrutan lento:
- Los
encuentros.
Pero no se disfrutan si no reconozco con quién estoy.
Y luego está la soledad. En el silencio se hace fuerte,
inquisitiva. Me interroga y siempre me reprueba:
Por ahí no es.
Cuando el mundo se enlentece, los monstruos aparecen. Ya no
son sombras fugaces. Se hacen sólidos, toman forma. Pero también lo hacen las
risas, que se vuelven más profundas. Y los miedos, más intensos.
No me gusta detenerme.
Me acostumbré a la aceleración.
¿Y qué será de mí cuando muera y el mundo se detenga por
completo?
En un mundo que nos empuja a correr, parar es un acto de
rebeldía.
Los invito a amigarse con el silencio, a tener el coraje de
enfrentar los miedos, a reírse de los defectos, a engrandecer los dones y
entregarlos al mundo…
Despacito. Con calma.

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