Soltando la mochila
Había una vez un hombre que soltó la mochila que llevaba desde hacía mucho tiempo. Decía que lo ayudaba a caminar porque las inclemencias del tiempo le impedían mantener los pies en el suelo. La mochila era pesada y el clima inclemente se manifestaba como un viento que soplaba fuerte.
Antes de soltar la mochila, el hombre llevaba una vida peculiar. Era de espíritu grande y necesitaba seguridades. Fuerte emocionalmente, pero temeroso en sus decisiones, se caracterizaba por caminar encorvado por el peso de su mochila. Así son casi todas las personas que necesitan lo seguro y conocido cuando en verdad brilla en ellas la luz de la humanidad; caminan por la vida siendo inauténticas. La mochila no era un mero accesorio, le ayudaba porque allí tenía herramientas para resolver problemas, y de ella sacaba fuerzas para sentirse seguro, lo que le hacía actuar con menos temor. Era un hombre con un valor inigualable y con un deseo de crecer imparable. Sin embargo, siempre se manejaba seguro con lo que había en su mochila, limitado, contenido, mediocre.
Un día, dejó la mochila a un costado debido a una serie de casualidades y sintió cómo el miedo lo envolvía y su pulso se aceleraba por la brisa que lo arremolinaba. Sintió que sus pies se elevaban mientras temblaba de frío o miedo. Luego hubo un segundo de quietud que le permitió agarrar la mochila y otra vez se sintió seguro, con los pies en la tierra, normal.
Pasaron los días y aquel evento volvía a su memoria. "¿Y si Dios me creó para volar?" se preguntaba. Luego de reflexionar sobre las preguntas de la vida, los ¿para qué? obligatorios, lo acorraló una decisión. Se dio cuenta de lo real e inevitable de su existencia: la mochila era suya, él la llevaba, pero se la habían dado sus padres, la educación, y otros que querían ayudar. Es decir, no la había llenado él; las cosas que llevaba no eran suyas.
Con curiosidad abrió la mochila. Al principio, vio que todo lo pesado eran sus seguridades necesarias que ya conocía, y una piedra que pesaba desproporcionadamente. Al observar más de cerca, encontró que estaba tallada con un texto que decía: "Mejor que no te arriesgues a volar muy alto; así se pierden los locos. Mejor sigue el camino seguro de los que seguro llegan a morir."
El hombre se horrorizó al leer estas palabras y en ese mismo momento se hizo un juramento (las decisiones no son para más tarde). Decidió soltar la mochila, dejarla en el suelo, borrar las líneas que la hacían pesada y para el futuro, para él o quien la encontrara, escribió: "SI llegases a morir, ¿sentirías que hiciste todo por vivir? Me fui a volar."
Y colocó la nota dentro de la mochila. Si alguien más tenía que cargarla, que supiera, al leer, que él ya no estaba más entre los cuerdos y por qué se había ido a volar. Estamos hechos para las alturas.
Así que se paró en la cima de un barranco; tenía que saber lo que era la altura, el miedo de enfrentarla. Abrió los brazos en cruz, como alas, dispuestas al despegue. No quería volar sin enfrentar el miedo de afrontarlo. Pensó en lo alto y en el lugar al que llegaría; todo era misterioso y abrumador. Quiso desistir, pero ya era tarde, el viaje había comenzado y se elevó por los cielos.
"La tierra es de los cuerdos, el cielo de los locos."
Voló, voló muy lejos de la mochila que se quedó allí en silencio. Y comenzó a vivir: conoció a una mujer a quien amar, que volaba también; consiguió segundas oportunidades más importantes que las primeras; descubrió una seguridad inquebrantable: las herramientas siempre estuvieron en él; apeló a la fortaleza que es más que los miedos, más que su influencia y fue realmente feliz.
¿Acaso no coinciden en que los locos son del cielo y son los más felices?

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