Ser es dar

Dios me llamó y me pidió su ayuda. En ese caminar en el que me despliego como ser en servicio, descubro que necesito seguir aprendiendo.

Uno cree que ya sabe de la vida, que debe responder y ayudar a otros, pero lo más grande es que, mientras ayuda, se ayuda a sí mismo. Se descubre, se replantea, en el diálogo se comparte, se ponen a prueba las teorías, se nos presiona como si fuéramos un instrumento y, bajo la presión, surge y se forja el carácter, el saber. Uno se hace y se va haciendo mientras acompaña a otros, mientras descubre en otros que la vida nos lleva por caminos que a la propia individualidad le son imposibles de pensar. Un mensaje actual dice que debemos conocernos, mirarnos, cuidarnos, querernos, pero si se sigue leyendo, no es para quedarse así, ahí (solo a la sociedad individualista y consumista le conviene que inviertas todo el tiempo para ti). Me arriesgo a decir que el descubrimiento de uno es para salir al mundo y descubrir al otro, para entrar en contacto y brindar lo que se aprendió y volver más realizado (no por el orgullo, sino por el feedback).

Para amar hay que conocerse. Sin conocer es imposible amar, no se ama lo que no se conoce. Así se descubre que el amor hacia uno mismo nace del conocimiento y la aceptación de lo que uno es. Luego surge un desafío más: tengo que dar ese amor involucrándome en la vida, conociendo el mundo y a los otros. Allí es donde se despliega el trabajo, la vocación, el servicio, la actividad.

Nadie puede amar si no se ama a sí mismo. Nadie puede tratar a otros con amor si no se ama y se acepta; quedarse en el amor hacia uno mismo es perder la vida, es estéril, vacío, solo un mero placer. Despegarse del amor hacia uno mismo para salir a amar transforma la realidad, crea vida, da vida, es un contacto trascendente.

La vida está hecha para conocerse, reflexionar y darse; al darse es donde uno se reconoce. Habrá otros caminos, siempre diferentes, elecciones personales, pero el que se transita hacia afuera es el que construye lo que hay en su ser. 


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