Quiero una escuela

Había una escuela que no tenía paredes, tenía abrazos. 
Había una escuela que no tenía techo, tenía caricias en la cabeza.
Una escuela que no tenía ventana, sino la mirada tierna de quien escucha.
No tenía puertas de madera o frío acero, sino corazones que recibían y contenian. 
No tenía un portón para ingresar sino unos brazos abiertos que invitaban a todo el mundo.
Había una escuela que no tenía aulas, sino compañeros, charlas y risas.
No había una persona que les enseñara, sino una maestra que aprendía.
No tenía un timbre sonoro, sino una voz cálida que lo llamaba por su nombre. 
No tenía horarios estrictos, sino momentos para aprehender el mundo. 

Fuera de la escuela era duro, dolían los gritos, la violencia, el odio, pero al entrar en ella, las armas quedaban fuera, los gritos eran de risas y poco a poco la escuela fue contagiando las familias, a los vecinos, a todos alrededor. Hasta que no hubo más que abrazos, caricias, risas, miradas...

Para eso hay que cambiar la escuela, para que el mundo se transforme.

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