La felicidad no es consecuencia del placer
“La felicidad no es consecuencia del placer”.
El éxito de ser feliz en lo que haces (p. 38)
Desde hace un tiempo, lo vertiginoso de la
vida, lo social-tecnológico, nos aborda con un mensaje claro: ser feliz es
sentir placer. Ser feliz se asocia con la comodidad, y las dificultades, por
ejemplo, en la tarea diaria, son lo contrario a ser feliz.
La felicidad no es placer, porque el placer es
una emoción que dura lo que el objeto está presente, mientras la acción
placentera sucede; en ese instante es lo que permanece. Fuera de ese espacio
temporal, el placer no aparece ni se extiende. La gratificación, hacer algo por
otros con esfuerzo, donando tiempo, acciones que son altruistas, por el
contrario, permanecen más allá de la acción misma. Mirar una película vs.
ayudar a un amigo ¿Cuál crees que da más felicidad?.
El placer está ligado con la tecnología, con
las pantallas, con el entretenimiento. Toda la sociedad sabe que la mejor
manera de ganar dinero es a través del entretenimiento: juegos, aplicaciones,
películas, series, redes sociales, todo ayuda a despejarse y a que el tiempo
pase con un placer que se extiende, no por la propiedad de lo placentero, sino
porque se extiende el estímulo que lo provoca. Por ejemplo, los reels, donde el
dedo va pasando de video en video y nos aleja de la realidad. Existen otros medios
de dar placer: comidas rápidas, peloteros para niños, shows, discotecas, happy
hours, break café, eventos, gimnasios, una cosa detrás de otra, como si de
respirar se tratase. ¿De allí que algunas personas, cuando quedan solas, en
silencio, frente a la existencia misma, sienten que no pueden respirar?
Lo vertiginoso del trabajo, la productividad,
las exigencias de la tarea y el entretenimiento que sigue a continuación
hicieron que perdiéramos los silencios. Pero hablábamos de placer vs. felicidad
y lo contrario al placer hoy es frenar, serenarse, conocerse, mirarse,
aceptarse, que son los fundamentos para ser feliz.
Solo se ama lo que se conoce; para conocerse
hay que aceptarse, y aceptándose uno empieza a amarse y, por lo tanto, a darse
a los demás. Allí se fragua la personalidad y se reconoce quién uno es, que uno
puede ser feliz.
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