El mayor estresante que nos aleja de la felicidad es la falta de sentido. (p. 34)
El mayor estresante que nos aleja de la felicidad es la falta de sentido.
El éxito de ser feliz en
lo que haces (p. 34)
¿Por qué hacemos tantas cosas sin sentido, nos
enojamos y nos enfermamos? ¿Por qué empezamos actividades, rituales, hábitos
que no tienen un fin más que el de ser repetidos a lo largo del tiempo? Otros
dicen, yo también lo pienso, que un hábito necesita 21 días para instalarse.
¿Instalarse para qué? ¿Para qué aprendemos o repetimos acciones? Creo que
necesitamos conocer el sentido de las cosas que aprendemos para que el
aprendizaje sea significativo, porque cuando se aprende algo que se conecta con
otras representaciones, es decir, conexiones que dan sentido, es porque valen
para mí, es coherente, se integra y genera nuevas conexiones. Pero, ¿se puede
transmitir un sentido?
Uno aprende que 2+2=4, pero hay un aprendizaje
que es de memoria y uno que tiene sentido, que es emocional, más profundo, que
articula conceptos anteriores. Por ejemplo, qué es 2, cuánto equivale, por qué
lo vale, y después, de dónde vienen los otros 2 que se suman a los primeros.
Aparece el problema (resolución de problemas) que ayuda a articular y dar
sentido. Si yo tengo dos lápices rojos y presto uno a un amigo que no tiene,
¿cuántos quedan? Aparece el sentido cuando lo que digo no es un mero número al azar.
Mi hijo mira y recuerda los números de las patentes de auto. Yo veo números,
pero para mi hijo, Mateo, es identidad: “el auto del tío tiene tal número” (ni
yo me lo acuerdo).
Existen también actividades, ¿qué sentido tiene
ir a misa? Cuando recibimos una explicación de los pasos, los momentos y las
oraciones, uno encuentra que detrás del rito está el para qué, y eso hace que
yo viva la misa de otra manera, más profunda.
Así es todo en la vida: lo que aprendemos, lo que
hacemos tiene que tener un sentido. Este sentido no es un invento, no es algo
que se crea; las actividades que realizamos están orientadas, tienen un fin. Y
no es nuestra felicidad, ni nuestro propio bien, sino que es para otros. Esto
cambia la dinámica de la relación con nosotros mismos, con los otros y con el
mundo. Es un paradigma que vuelve a poner la mirada en nuestra acción, como
acción transformadora, ya no de mí como fin, sino del otro, y ahí surge nuestra
realización, por efecto, consecuencia. El sentido cuando es para uno no tiene
la fuerza suficiente para hacer el cambio, para crecer, para sacrificar. Gana
el placer. Pierde el sentido. Yo no dejo el cigarrillo por mí, lo puedo dejar
por otros, por una promesa. La publicidad que ponen en los paquetes de
cigarrillos lo dice: “no tengo miedo de que veas cómo vas a terminar, porque
eso no va a hacer que cambies de opinión”. Solo cuando aparece el otro, cuando
yo me siento realmente responsable de otros, ahí aparece la libertad de
posicionarse frente a los límites y desafiarlos.
El sentido es trascendente, se dirige a otros, al
mundo, va hacia afuera, allí, en lo que tengo (mis circunstancias), lo que
puedo aprender y lo que hago, ahí hay sentido: Frankl decía que la vida siempre
tiene sentido sin importar las circunstancias. Es decir, todo tiene sentido, y
agrego, siempre puedo dar de mí a alguien o a algo. El sentido se descubre,
porque no tenemos el control de nuestra vida; hay muchas cosas que nos sacan,
que nos hacen un llamado especial. Podemos olvidarnos luego y caer en la distracción,
pero el llamado estuvo. Y cada uno es llamado en su unicidad e irrepetibilidad.
Un ejemplo macro puede ser cuando aparece una enfermedad. ¿Quién la elige?
Surge, a veces parece que viene de la nada y luego podemos encontrar
explicaciones: fue porque fumé, no me cuidé, porque me pasa tal o cual cosa,
pero nada puede decirme ¿para qué es? Creemos que podemos explicar el por qué,
pero eso no es el para qué. Eso es lo que se descubre: ¿qué personas se
involucran? ¿A quiénes ayudo? ¿Puedo ayudar? Ese salir para ir al encuentro del
otro es inspirador en la enfermedad, nos da un pantallazo del cielo, de las
posibilidades de las que es capaz el ser humano. Salir de la victimización y
posicionarse en el lugar de la responsabilidad: yo soy responsable de otros que
están ahí para mí. Salir de mirarse el ombligo me hace descubrir que soy
valioso, que soy importante, que somos cada uno importante porque, vuelvo a
decir, somos únicos e irrepetibles, nadie puede cubrir el vacío que dejo en el
mundo.
Descubrir el sentido vuelve la vida un gran
viaje, donde soy el protagonista, no un espectador (no hablo de fama y éxito
económico). Ser protagonista es reconocer que, en mi vida, mi historia soy un
peregrino llamado a algo más. Un hombre que en un accidente de rugby queda sin
posibilidades de mover cualquier parte del cuerpo, solo la cabeza, y que diga,
me quebraron el cuerpo, pero no el espíritu, y estudia psicología. Un hombre
que nace sin manos y que quiere tocar la guitarra y el padre le dice, pues aprende,
y hoy es un cantautor.
Cada lucha es única, pero entre más límites,
mayor el despliegue y el valor del salto. Estas personas, las que hacen cosas
inspiradoras, no las envidiamos, nos emocionan y creo que ahí está uno de los
secretos de la vida: el sentido emociona, inspira, pero no genera envidia
porque no aparenta, no es avasallante, es humilde, así es el amor, sencillo y
sacrificado, nos rompe la vida a darnos: ser trigo que muere para dar frutos.
Nada de ello es tan valioso como el sentido para
ser feliz, vivir en paz y dormir tranquilo ante lo que nos toca vivir.
¿Cuál es tu momento de hoy? ¿Cuál es tu sentido?
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