La sociedad del consumista infeliz
Había una vez un hombre, de la sociedad consumista infeliz, que se miraba al espejo. No era un hombre que se compara con un payaso; era un hombre bien físicamente, con rasgos proporcionados y atractivo, que vestía ropa impecable y de marca, denotando su posición importante y su estilo resuelto y distendido al mismo tiempo. Sin embargo, al observarse, corrió su camisa y se dejó ver un horrible ojo negro, profundo, que engullía el aire que respiraba. Era un ojo con un vórtice que generaba temor en la rostro del hombre.
Él era un hombre de buenos modales, educado y respetuoso, con un trabajo bien remunerado. Era un conquistador y amante, todo lo contrario a un payaso, esos que son rechazados, que repelen la mirada, que tienen el rostro pintado de colores baratos y por ello destacan del resto del mundo. Él era uno más en el mundo, solo desafiante por su éxito; era uno más, perfecto para el mundo.
Él no necesitaba regir en la groseria para llamar la atención; era envidiado a través de las redes por su posición. Así como están los locos, también están los cuerdos.
Los cuerdos del mundo son aquellas personas que hacen todo para encajar, que no pueden ser visibles en su vulnerabilidad, que deben demostrar que en su vida no hay fallas ni errores, y las redes sociales son especiales para mostrar ese lado de la realidad. Son personas con un cierto poder adquisitivo necesario que les sirve para solventar las apariencias. Para ser payaso, solo faltan las pinturas baratas y un mismo traje todos los días. Para ser un hombre de la sociedad consumista infeliz, basta con tener algo de dinero o de deudas. Para sostener lo imposible hay que trabajar mucho; eso trae éxito económico, generando más dinero o, a veces, más deudas. Corriendo sin transpirar, matándose en el gimnasio, entretenidos en los tiempos de ocio, pero irremediablemente lejos de su desnudez frente al espejo.
La desnudez frente al espejo es el encuentro con uno mismo, con los sueños. El orgulloso ojo negro, busca con su sola presencia romper con los ruidos del mundo y murmura a través del silencio insostenible la verdad intacta. Es el vacío de la consciencia que pide a gritos que se llene con respuestas a esa verdad y que se cierre para siempre. Para ello, el hombre, desnudo, debe encontrarse consigo mismo, con su reflejo en el espejo, mirado y destruido por el ojo negro. Caer de rodillas para pedir perdón, en una plegaria que lo libre y le devuelva la existencia. Pero la posibilidad de tomar la decisión no espera; la sociedad consumista infeliz sabe que puede comprarse ese silencio. La inconsciencia viene en pastillas que lo arrebatan del mundo, de los ojos negros y sella con un parche la consciencia de reconocerse un individuo único e irrepetible, llamado desde su tierna infancia a ser un hombre, otro hombre, no este que cumple con el mundo, sino un hombre que cumple con su existencia; abierto a la trascendencia. Mientras los payasos luchan por ser reconocidos por la sociedad que los margina y violenta, necesitan otras pastillas, unas para parecer cuerdos; porque son enfermos de la pobreza, de la exclusión y la sociedad practica con ellos como conejillos de indias.
Estos hombres, como nuestro hombre, forman fila en las redes sociales admirados, llenos de likes, perdidos en la droga virtual que les hace justificar su estilo de vida y no se dan cuenta de que entre la locura del payaso y la cordura del consumista infeliz existe una realidad hermosa, un oasis en el mundo, de paz y tranquilidad, de sueños profundos, de cansancios justificados, de esfuerzos prodigiosos. Una realidad humanamente libre (ninguno de los dos es libre, uno por dentro por la violencia social y el otro por fuera por las exigencias impuestas). En la libertad, el ser se descubre como un don para los demás, realizado en su tarea, trascendente, donde no hay vacíos que tapar, ojos negros que esconder, ni parches que tomar para olvidar, ni miedo a los silencios, porque la verdad de lo bueno y lo malo que hay en uno se resuelve en un equilibrio de aceptación. Por eso los reclamos de la consciencia son bienvenidos, se disfrutan y se confrontan para el crecimiento personal.
Habia una vez un hombre cuerdo que hizo lo nuevo, dejó descubierto su desnudez y el ojo negro lo cegó de vida. Cayó de rodillas, pidió perdón a su esencia, se enrolló como un niño en el vientre de su madre y se dejó ganar en la batalla. Dejó que el ojo tomara posesión de todo su ser, no lo calló, ni lo interrumpió. Se rompió en mil pedazos para recoger cada uno y rearmarse. Tuvo que escuchar quién era y qué debía hacer. Fue la primera vez que se descubrió libre de decidir qué ser, qué hacer.
El primer paso fue reconocerse.
El segundo paso fue vivirse, historia que no contaré porque eso llevaría toda la vida.
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